Durante esta semana que he tenido la visita de mis padres, no solo me ha servido para estar con ellos y hacer un poco de turismo para conocer las ciudades que tengo por aquí, ya haré una crónica más adelante bien aquí o bien con las fotos en el Facebook, sino también me ha servido para meditar. Al irles contando a mis padres como son las cosas aquí, también he ido contando cosas sobre la gente que he ido conociendo. Y aquí como en todos los sitios pasa lo de siempre, las cosas cambian. Y con esto quiero decir, la gente cambia, y con quien al principio creía que iban a ser simplemente compañeros de trabajo, me están haciendo un agujerito en mi corazón y me va a costar separarme de ellos y los que al principio crei que iban a ser mis amigos, ahora son poco más que compañeros de trabajo. Pero ya me estoy acostumbrando a estas situaciones.
Parece mentira como un par de conversaciones te sirven para acercarte tanto a una persona y ver que lo que se confundía con antipatía era simplemente precaución y timidez. Y lo que al principio ves que es simpatía, es simplemente una fachada de algo que no acaba de ser real.
Y estas meditaciones las puedo extrapolar a diferentes lugares en los que he estado, gente que sin razón aparente se han apartado de mi.
Aquí, en mis ratos de estar conmigo a solas, pienso, y digo: ¿para que preocuparte por gente a la que le da igual como estás o si lo que están haciendo te duele? No merece la pena sentirse triste por esta gente, simplemente voy a disfrutar de la gente que me hace sentir bien y no darle vueltas al comportamiento de esta otra gente, porque eso no me deja ser feliz y aprovechar el momento.
Y espero a mi vuelta poder seguir así, y dejar de sufrir por esa llamada de una persona que no llega o por esa invitación a tomar café que nunca se hace, porque, ¿sabes que? ellos se lo pierden.
Saludos desde Ottawa.